Terminé de leer las dos partes de nuestra cobertura del documento A13693 con una sensación que no había sentido escribiendo las columnas anteriores: asombro genuino. No el asombro cómodo de una buena historia de ciencia ficción, sino el asombro incómodo de confirmar, con papel oficial y membrete de la RAAF, que un oficial de inteligencia llamado O.H. Turner se atrevió a escribir en 1971 lo que la mayoría de nosotros apenas sospecha hoy: que el encubrimiento no era una posibilidad. Era una operación en marcha, sostenida durante décadas, con el Avrocar y los programas de antigravedad como prueba física de que la ficción oficial y la inversión secreta nunca viajaron por el mismo camino.

Y sin embargo, lo que más me pesa no es lo que el documento confirma. Es todo lo que no confirma, y que sabemos —con la misma certeza con la que sabemos que el mar tiene fondo— que sigue ahí abajo. Cincuenta y cinco años después de que Turner pusiera esa acusación por escrito, seguimos exactamente en el mismo punto: viendo la punta de un iceberg que algunos pocos miden completo, mientras al resto de la humanidad se le entrega, generación tras generación, la misma porción exacta de hielo visible.

// El Observador · Entrega anterior

"Cada ronda de transparencia que no entrega nada concreto es, en realidad, un mecanismo de gestión del interés público. Nos da la suficiente ilusión de acceso como para que el movimiento no explote, pero no lo suficiente como para que cambie algo de fondo."

— Gerardo Ventura · Mundo Maravilloso · Leer columna completa →

Lo dije hace dos ediciones pensando en hearings y archivos redactados. El documento australiano de 1971 me confirma que el mecanismo no nació con el siglo XXI ni con las cámaras del Congreso. Lleva, por lo menos, más de medio siglo funcionando con la misma metodología: mostrar lo suficiente para parecer transparente, ocultar lo suficiente para que nada cambie. Y lo que de verdad debería avergonzarnos como especie no es que exista el secreto. Es la frialdad metódica con la que se administra la mentira, sin culpa, sin titubeo, frente a miles de millones de personas que solo pedimos la verdad sobre algo que nos atañe a todos por igual.

¿Hasta cuándo se nos deberá ese respeto?

Esta es la pregunta que me persigue desde que cerré el documento: ¿hasta cuándo se seguirá faltando el respeto a la opinión pública? Porque no hablo solo del fenómeno OVNI. Hablo de cualquier hecho que nos atañe como humanidad y que alguien, en algún despacho sin ventanas, decide que no estamos preparados para conocer. Esa decisión —tomada por otros, sobre algo que nos pertenece a todos— es en sí misma una forma de desprecio. Y un desprecio que se repite durante décadas deja de ser un episodio aislado. Se convierte en política de Estado, transmitida de generación en generación de funcionarios, como si fuera un protocolo más y no una traición sostenida a la confianza pública.

¿Quién dicta esta metodología de censura, y por qué?

No tengo el organigrama. Nadie fuera de ese círculo lo tiene, y esa es precisamente la arquitectura del problema. Lo que el documento de 1971 sí deja claro es que no se trata de una sola agencia actuando sola: hay inteligencia militar, hay contratistas de defensa, hay financiamiento que se mueve por canales que ningún auditor civil supervisa. Quien diseñó este sistema entendió algo que pocas estructuras de poder logran ejecutar con tanta disciplina: que no hace falta convencer a nadie de que no hay nada que ver. Basta con asegurarse de que nunca haya suficiente prueba concreta como para forzar una respuesta. El "por qué" probablemente sea menos un misterio cósmico y más una historia vieja y conocida: el control de una ventaja —tecnológica, estratégica, económica— es más fácil de mantener en la oscuridad que a la luz del escrutinio público.

"No hace falta una conspiración perfecta. Basta con que cada generación de funcionarios herede el mismo protocolo y nadie se pregunte, en voz alta, por qué sigue vigente."

— Gerardo Ventura · Mundo Maravilloso

¿Qué tan profundo será el fondo de este iceberg?

Ya nos hemos hecho una idea de la escala de lo oculto: programas de antigravedad financiados en silencio, evaluaciones de inteligencia que contradicen el discurso público, décadas de testimonios desde Bob Lazar hasta David Grusch que, sumados, dejan de sonar a coincidencia y empiezan a sonar a patrón. Pero "tener una idea de la escala" no es lo mismo que conocer el fondo. Si la punta visible ya incluye discos voladores construidos por el Pentágono y documentos de inteligencia acusando abiertamente a la CIA, me cuesta imaginar —y al mismo tiempo me niego a dejar de imaginar— qué tan vasta es la parte que nunca llegó a un archivo desclasificable. Sospecho que la profundidad real de este iceberg no se mide en páginas redactadas, sino en generaciones enteras que vivieron y murieron sin saber que la pregunta ya tenía respuesta en algún sótano con acceso restringido.

¿Qué los motiva: el dinero, el poder, o algo peor?

Probablemente ambos, operando juntos y reforzándose. El dinero explica la mecánica: contratos, presupuestos negros, tecnología que se convierte en ventaja militar y comercial. El poder explica la permanencia: quien controla la información controla, de facto, el ritmo al que el resto de la humanidad puede reaccionar ante lo que esa información implica. Pero lo que de verdad me indigna no es el motivo —el dinero y el poder son, lamentablemente, los motivos de casi todo lo malo que hacemos como especie—. Es el descaro. Es que esto se haga por encima de nosotros, por debajo de nosotros, en la oscuridad y a plena luz del día, simultáneamente, sin que quienes lo ejecutan sientan la necesidad de disimular demasiado. Ese descaro, más que el secreto en sí, es lo que convierte esta historia en algo verdaderamente triste.

¿De verdad creen que la desinformación durará para siempre?

Quiero pensar que no. Quiero pensar que quienes diseñaron este sistema en los años cincuenta y sesenta no contaban con lo que tenemos hoy como vox populi: una red planetaria de personas comunes capaces de cruzar un documento desclasificado en Canberra con un testimonio en Washington y un patrón de avistamientos en cualquier otro continente, en tiempo real y sin pedir permiso a ningún editor. No contaban con que millones de personas pudieran organizarse, comparar notas y exigir explicaciones de manera simultánea, ni con que la presión acumulada de esa atención sostenida —aunque lenta, aunque frustrante— termine forzando desclasificaciones que antes jamás hubieran visto la luz. Esa es, quizás, la única ventaja real que tenemos ahora y que generaciones anteriores no tuvieron: ya no dependemos de que un solo periódico, un solo gobierno o un solo comité decida cuánto del iceberg nos deja ver. Podemos buscarlo juntos. Y aunque el ritmo siga siendo desesperante, ese ritmo ya no lo controlan solos.

// Nota final

Sigo esperando, como en las dos ediciones anteriores, equivocarme en el diagnóstico. Pero el documento australiano de 1971 no me da motivos para hacerlo: confirma un patrón, no lo desmiente. Lo que sí cambia, edición tras edición, es la cantidad de gente dispuesta a seguir preguntando. Mientras eso no se apague, el iceberg —por profundo que sea— seguirá derritiéndose, aunque sea más lento de lo que cualquiera de nosotros quisiera.

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